martes, 16 de agosto de 2011

"RainGirl"

Llovía. Después de tres semanas de trabajo seguidas, para conseguir 3 días libres, lo que él se encuentra al salir, es lluvia, mojada, fría, lluvia de viernes invernal. Las pocas ganas de salir a pasear en familia se ahogan junto a esa lluvia. Como intento de autodefensa, se resguarda en su chaqueta negra y corre a un bar. - ¡Buenas Tardes!-se oye mientras se cierra la puerta. Pasan las horas y las copas se amontonan en la barra, coge su móvil para llamar a casa, el silencio se hace dueño del bar. Nadie contesta. Mira el reloj, las 11, va siendo hora de volver, a su mujer no le hará nada de gracia verle en el estado que está. La coincidencia del tiempo hace que mire para la cristalera derecha del bar. Un paraguas rojo, y debajo dos personas. La risa de la mujer y las caricias, atacan al inquilino del bar, y lo destrozan por dentro, y por fuera. Dos copas se suman a las ya puestas en la barra, y parece que el reloj no importa ahora. Se queda dormido, en una especie de trance, que cuando es despertado por el cascabel de la puerta, no sabe si ha dormido un minuto o dos días. Una mujer castaña entra, y pide una copa, sigue reinando el silencio. De nuevo la coincidencia del tiempo hace que se miren, la posibilidad aborda la mente del marido responsable, que ahora no le importa nada, ni su mujer, ni el reloj, ni las vacaciones. Todo se desmorona al ver a esa mujer, que pone en el aire la pregunta de que si el amor verdadero es tan solo el primero. Ella sale del bar, él llevado casi por inercia la sigue, sale del bar y se tropieza, cae al suelo y se golpea la cabeza. La lluvia de viernes, ahora sábado, sigue cayendo, es lluvia, mojada, fría y de invierno, como su vida. La mujer ya no está, se delata el misterio, en su mano la botella de cerveza ahora parece hija del mismísimo diablo.

jueves, 11 de agosto de 2011

"RedJacket"

Iva de rojo, rojo fuerte , uno de esos colores que no sabes como se llaman. Entró en casa, dejando las bolsas en el suelo, suspirando por el esfuerzo de haber subido las escarelas, posiblemente hasta un quinto piso, se quitó la chaqueta y la colgó apresuradamente en la percha, sin perder tiempo sacó las cosas de las bolsas para colocarlas. 
Todo estaba en su sitio, en los armarios blancos, perfectos, como debía ser la cocina de una casa. Sonó su móvil, con una sintonía propia de Nokia, y la cogió, los gritos llenaron la casa. Los vecinos al otro lado de la pared  oían sin escuchar, los llantos de una mujer. El reloj de la cocina marcaba las siete de la tarde, y el poco sol que entraba en aquella tarde de otoño, solo servía para acabar con el blanco perfecto de la cocina. Ahora el reloj marca las nueve y media, él entra en casa, dando un portazo, los vecinos lo han vuelto a oir, pero siguen sin querer escuchar, se oye también el ruido de una persiana bajarse, y en la casa vacía los fluorescentes de la cocina encenderse, como todos los días de esa casa, se llena de gritos. 
Pero hoy es diferente, la chaqueta cae al suelo, movida por una fuerza que no hace bien a nadie, y que llena la cocina blanca y perfecta de ese rojo, rojo fuerte, de esos colores que no sabes como se llaman, y que no quieres verlos más. Al final, los vecinos si escuchan: una sirena de ambulancia.