Somos nuestros jueces, nuestros jurados, nuestros verdugos. Tenemos poder para decidir lo importante. Sabemos que es lo que nos mueve, lo que nos guía y ampara. Cuidamos de nosotros mismos incluso cuando protegemos al prójimo. El egoismo, la ira y la venganza nos corroe y empuja. Capazes de derribar montañas y traspasar mares, y ni siquiera decir lo que sentimos. Parecemos peces nadando a ciegas hacia las profundidades, sedados por la noche interminable y devorados lentamente por el tiburón del tiempo. Y cuando uno se consume, se apaga, choca, cae...entonces ya no queremos ser el pez, en ese momento queremos ser el agua, una gota de agua; libre, ligéra, resbaladiza. Gota que se oculta en el hueco de la piedra y se une a otras, iguales, pero fuertes en conjunto. Suficientemente fuerte para resquebrajar la montaña.
Que la apariencia de lo pequeño no nos engañe, que lo grande no nos asuste; somos diferentes pero debemos juntarnos para romper la piedra.
